Existe en Buenos Aires, un restaurante instalado en un galpón ferroviaria, en el que el artista argentino Carlos Regazzoni, nacido en la Patagonia, Comodoro Rivadavia, tiene instalado su estudio creativo.

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Para llegar al lugar, ubicado en Suipacha y Avenida del Libertador, al lado de la Estación Retiro de trenes, en la ciudad de Buenos Aires, a cuadras del Patio Bullrich, y de edificios de estilo francés de Barrio de la Recoleta, se ubica este galpón, al que se llega transitando por el barro, entre chatarra ferroviaria, graffitis que dan color al lugar, y esculturas de diversos tamaños, que incluyen aviones o sus partes, automóviles, y caballos en tamaño natural hechos con hierro.

Regazzoni, quien también ha expuesto en la terminal de trenes de París, Francia, ha creado un lugar para comer al que llama Gato Viejo.

Se entra al galpón de dimensiones gigantes, y todo parece un atelier. Hay esculturas por todos lados, al fondo del galpón exponen jóvenes talentos que pintan, hacen collage, y esculturas. El lugar está lleno de rezagos, por aquí y por allá. Y entre ellos se pueden ver un árbol de navidad hecho con máquinas  de escribir, y calculadoras.

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La luz no sobra en el lugar, por lo que todo tiene otra dimensión durante la noche. Hay esculturas por todos lados, simbolizando diferentes animales, como esta oveja.

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Una vez arribados, y ubicados en una mesa que debió haber pertenecido al personal ferroviario en algún momento, apareció Regazzoni, en bata, y nos preguntó que queríamos comer. Después de contarnos el menú, elegimos jabalí, salmón, pastas y pulpo -un plato por comensal-.

El menú escrito, es por demás gracioso, con términos que todo ferroviario debe reconocer y disfrutar.

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Allí no se sirve la comida en platos, sino que viene directamente de la cocina en las ollas en las que se realizó su cocción. El mismísimo Regazzoni cocina cada plato cuando uno llega. Aquí lo vemos en acción.

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El lugar invita a la recorrida, y mientras uno espera la comida, no puede perderse de ver, en esta penumbra que acompaña a la noche, los restos de material ferroviario, trastos viejos, carteles con los horarios de los trenes y relojes de estación de tren.

La bodega es un cuarto, lleno de muebles de estilo, escopetas, espadas,y cajones de vino esparcidos por todos lados.

Insistentemente pedí que me trajeran servilletas, pero el mozo olvidaba una y otra vez el pedido. Cuando finalmente llegaron todos los platos, o mejor dicho, las ollas a la mesa, incluyendo las mejores berenjenas con tomate y queso gratinado que comí en mi vida, el mozo finalmente recordó mi pedido y junto con el pan casero caliente, trajo las servilletas.

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La comida está hecha sin sal, es exquisita, abundante, con sabores simples de mucho condimento.

Finalmente llegó la cuenta, garabateada en una hoja de carpeta, donde Regazzoni estampó su autógrafo.

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La cena en lo del Gato Viejo, más que una salida gastronómica, es una experiencia inolvidable. Afuera del lugar Regazzoni tiene su huerta, cuidada, ubicada debajo de la Autopista Illia, a metros de la Villa 31, y al costado del patio, que a modo de parque, rodea el galpón ferroviario donde se instala el Gato Viejo, y detrás de los vagones de tren donde vive Regazzoni con su familia.

Veamos más fotos de la experiencia…

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Experiencia altamente recomendable, que puede ampliarse con los shows se tango, folclore y jazz que se presentan los fines de semana.

Hasta la próxima!

Bicha.

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